Asociación Estás en Babia

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Patrimonio Inmaterial en Babia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Patrimonio Inmaterial Pachuezo Filandón Baile Chano Calecho

Los filandones consistían en organizar reuniones de vecinos en la casa de algún habitante del pueblo, siempre por la noche, después de la cena. Estas reuniones se celebraban a partir de noviembre, para poder soportar mejor en compañía de otros las largas noches invernales (pues el invierno en Babia es prolongado y prematuro) y concluían aproximadamente con la cuaresma. Durante esas veladas los asistentes se contaban historias y cuentos, con lo que poco a poco se aseguraba la transmisión y la pervivencia de la rica tradición oral babiana. El origen de la palabra filandón radica en que, a lo largo de la noche, las mujeres aprovechaban para hilar con sus ruecas y husos, mientras escuchaban o componían historias. El filandón se caracteriza por ser algo abierto y fomentar el dialogo entre todos, de modo que la gente también puede cantar y contar. Todos en círculo y al mismo nivel.

Al filandón acudía la gente mas joven, y era en su seno donde los mozos se valían de todo tipo de juegos para poder acercarse a las mozas. Eran juegos como la zapatilla, que era típica de los hombres quienes, sentados en corro, escondían una zapatilla debajo de la mesa dejando a un mozo en medio que tenía que intentar descubrirla: para ello debía de probar en sus carnes el calor de la zapatilla, pero una vez que conseguía arrebatársela a otro mozo este pasaba al centro del corro y así, sucesivamente, hasta quedar uno solo. También se participaba en otros juegos colectivos, como las prendas, o los asociados a los naipes, como la brisca de seis, etc.

No se sabe muy bien si el filandón es una forma de relación social, un entretenimiento o un evento de mayor significación en el ámbito de las sociedades rurales. Quizás un poco de todo lo dicho. Desde luego, es algo más que una reunión nocturna de mujeres para hilar y charlar. Dice Luis Mateo Díez, que el filandón “…es el momento de contar, de escuchar, de remover la memoria vecinal que, como un viejo arcón, guarda los sucesos, las anécdotas, los cuentos, las leyendas, los romances, las canciones, el patrimonio de las pobres cosas de la vida y de su sabiduría”

Hasta hace relativamente poco tiempo, los únicos materiales de que disponían un pueblo y sus habitantes para definirse a sí mismos eran sus propias palabras habladas, que en cierto modo tenían algo de literatura oral. El retrato que el pueblo hacía de sí mismo (aparte de los logros físicos fruto del trabajo de cada uno), especialmente recreado en esas veladas nocturnas, era lo único que reflejaba el sentido más íntimo y proverbial de su presencia en el mundo. Sin ese autorretrato —y también el cotilleo, que es la materia bruta del mismo— el pueblo se hubiera visto obligado a dudar de su propia existencia. Todas las historias y todos los comentarios que ellas desencadenaban daban fe de que aquellas historias habían sido presenciadas y compartidas, contribuyendo al retrato, y confirmando a los ojos de propios y extraños la existencia del pueblo.

   

 

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